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Utilizando la vulgar expresión, podría decirse que la Argentina está que arde. La acumulación del “calor” de la gente (o podría decirse “calentura”) provocó un marcado ascenso en la temperatura de la sociedad. Por esto, “la Argentina está que arde” podría considerarse tanto como una frase denotada como una connotada.
Argentina está que arde (frase connotada)
Lógicamente, la mayoría tendería a pensar en esta frase como una figurada. En un aspecto lo es.
Diariamente, los argentinos se exponen a una variedad de situaciones disgustantes, problemáticas, agresivas, frustrantes y desmoralizantes que generan en la conciencia colectiva un malestar generalizado y recurrente. Y como bien dice el dicho “todo tiene un límite”.
No poder ir a trabajar porque hay paro de subtes o porque los trenes funcionan deplorablemente, tardar 4 horas en recorrer unos pocos o varios kilómetros, soportar la violencia de las calles, el tránsito caótico, los bajos sueldos, las malas respuestas del Estado a las necesidad mínimas que debe cubrir como hospitales dignos para garantizar la salud, vivienda, seguridad, su función como regulador de precios de la canasta básica, abastecimiento, entre otros.
Todo está mal. Las personas viven mal, infelices, amargadas, trabajando (los que tiene la dicha de tener un empleo) para a duras penas llegar a fin de mes. Esa es la realidad argentina, y es una realidad que a todos los pone “bien calentitos”. Pero esta frase figurada, connotada, también se ve representada en un sentido bien directo y denotado.
Argentina está que arde (frase denotada)
Constitución. Luego de que se suspendieran tres servicios de trenes, los pasajeros incendiaron las boleterías y la oficina de informes. Producto de esto hubo 21 heridos, entre usuarios y policías, y 16 detenidos.
Más de uno salió a decir que “fueron activistas de Quebracho” o “son enviados de la oposición para perjudicar al actual Jefe de Gobierno en las próximas elecciones”. No caben dudas que esos actos de baja moral y ética se suceden en el país, pero también una gran parte de la opinión pública expresó no estar de acuerdo con esas concepciones. Constitución fue el pueblo, fue una forma de expresión violenta del famoso cacerolazo vecinal. Los trabajadores, de todas edades y clases sociales, prendieron fuego una estación de tren. No eran activistas, no eran enviados de la oposición, era el pueblo manifestándose en un acto de ira, de cansancio, de saturación. Un forma de mostrar literalmente que “están calientes”.
Alicia Kirchner. La hermana del Presidente de la Nación sufrió agresiones en su visita a la Ciudad de Río Gallegos, en donde le arrojaron harina y huevos, le pegaron patadas y tirones de pelo.
La pregunta que surge es la misma: ¿eran los activistas de algún grupo? Está claro que no. Más allá de los que juzgan que la visita de Alicia Kirchner fue una provocación, la ministra de Desarrollo Social de la Nación fue víctima de la bronca y la furia de docentes que ven pasar ante sus ojos la inoperatividad de la Justicia. Esos son los maestros que educan a los chicos argentinos, superados no solamente por la insostenible situación de vivir sin saber si se llega a fin de mes, sino por el (mal) manejo del caso de su colega Fuentealba. Otro acto, bien denotado, que nos habla de “la calentura argentina”.
Villa Adelina. Producto de un cortocircuito, se produjo un incendio en la madrugada del miércoles en un Centro de Salud de Villa Adelina. Murieron cinco ancianos que se encontraban internados y diez pacientes sufrieron diferentes grados de asfixia.
Acá no hubo activistas (a no ser que quieran adjudicarles la culpa del cortocircuito). Acá hubo ignorancia, negligencia, falta de control. Estos incendios u otros que tienen mayor trascendencia (simplemente por la cantidad de fallecidos) como Cromagnon, son las situaciones que “envenenan” a la sociedad, violentándola cada vez más, matándola de a poco. Esta falta de interés en el bienestar de la sociedad es lo que enloquece a los habitantes y los lleva a sacar lo peor de sí mismos. Pero hay más.
También, esta semana, se incendió un conventillo en dock sud. El fuego, producto de precarias instalaciones eléctricas, se inició en una casa de la calle Manuel Estévez y Leandro N. Alem. El episodio tuvo como resultado dos víctimas fatales: una mujer y un nene. Los otros resultados, las repercusiones, ya las conocemos.
Otro incendio se produjo al estallar en llamas un auto en el empalme de las autopistas 25 de Mayo y Perito Moreno, ocasionando un gran congestionamiento de tránsito en la zona. Claro está que los accidentes ocurren, que es una manifestación natural en ciudades tan grandes como Buenos Aires. Sin embargo, en otras vías de acceso a la Capital, el tránsito (sin la afección de ningún auto incendiado) también fue imposible. Así, bien temprano en la mañana, comienzan los bocinazos, los accidentes, las peleas: el malestar y la calentura argentina llevados al terreno de la realidad. De nuevo, las repercusiones ya las conocemos.
¿Y las respuestas?
Mientras todo esto sucede. Mientras la argentina se calienta más que el volcán Edna y se preparar para entrar en erupción, el Presidente Kirchner prefiere no hablar.
Amparado en su perfil antidelarruísta y en su ya clásico estilo K, caracterizado por el autoritarismo y la mano dura, el Presidente hace lo que quiere y entre ello se encuentra el derecho a no hablar, a no decirle al pueblo que está pasando, a negarle el derecho a una respuesta a estas problemáticas que ya no pueden esperar más.
Mientras tanto. Nestor Kirchner se hace presente en la inauguración de la réplica de la famosa piedra movediza que cayó 1912 en Tandil.
No solo fue él, sino que estuvo acompañado por Cristina, por el vicepresidente Daniel Scioli, por el gobernador bonaerense, Felipe Solá y hasta por el ministro del Interior, Aníbal Fernández. Se llevaron a todos, no vaya a ser cosa que alguno abra la boca y se le escape algún comentario (o solución) sobre Skanska, Constitución o “la calentura argentina”.